Dicen que…

Dicen que había un lugar donde todo el mundo era feliz. El lugar en sí era normal, hacía frío los meses de invierno y calor los de verano, las hojas caían para el otoño y los árboles y plantas daban sus frutos en primavera. Sonaban por igual las suaves brisas y las terribles tempestades.
Llovía durante días si el tiempo así se mostraba o el sol dejaba los lagos secos si evaporaba toda su agua. Pero ellos eran felices. Debían trabajar, estudiar, rendir pruebas sociales para demostrar su nivel, las pasiones muchas veces traicionaban sus vidas y no tenían para nada el éxito asegurado… pero ellos eran felices igualmente. Sus cabellos se tornaban blancos con el paso del tiempo y sus voces se quebraban y del mismo modo que nacían morían, ¡pero no había manera, eran felices!
Y las mismas leyendas hablan de un lugar muy lejos del primero, en el que todo el mundo era infeliz. Todos estaban tristes. El lugar en sí era perfecto, en parte. Vivían su vida de la manera que más les gustaba, podían elegir tener frío o calor, sus parejas siempre les correspondían y podían hacer todo cuanto quisieran, pero no eran felices. Ellos elegían el tiempo que querían ver y sentir, lo que querían hacer durante el día, todo lo que más deseaban. Podían llegar a vivir el tiempo que dispusieran, de la manera que imaginaran, tener largas y compenetradas relaciones o múltiples amantes… ¡pero no había caso, eran infelices!
Y aún viviendo en ciudades distintas, países distintos, continentes distintos, mundos distintos, incluso galaxias distintas… llegó el día en que se conocieron. El encuentro fue fatal, ya que ninguno se llegaba a entender, ni parecía tener intenciones de hacerlo. Cada vez que uno hablaba, envidiaba profundamente al otro. Cuando los Felices hablaban en comparecencia de los Infelices, mostrándole las razones por las que estaban equivocados al estar tristes, en verdad envidiaban el poder sentir su tristeza. Y cuando eran los Infelices los que defendían su posición, en verdad codiciaban terriblemente el poder vivir en un mundo no tan Perfecto y poder ser felices.
Al final se acabó desatando una terrible guerra, y después de ésta decidieron que cada uno podía hacer lo que más le gustase. Y es así que la gente feliz conoce la desgracia y la tristeza, pero son los infelices los que se aferran a cualquier circunstancia para justificar su infelicidad.

Walter Germán van Diest

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